Hasta la Patata

Nació iluminado por la luna. Tan cerca de ella que ya había apalabrado algunos juegos en comunidad con las estrellas, de cualquier tamaño. El suelo sobre el que viviría resultaba ser el único consuelo de su hambre. Si existía uno no podría existir el otro.

Cientos de miles de rodajas de la mejor patata peruana se amontonaban bajo su  propia existencia, firmes, compactas, resistentes y fritas por la tos de los girasoles y el permanente calor del sol.

Vivía lejos del ruido de las mentes del resto de mortales, lejos del ensordecedor ruido de las muecas asustadas y espectantes del resto del mundo. Desde ahí arriba podía observar un paisaje fiel a todos y cada uno de sus despertares, llegaban siempre a la misma hora, con la misma personalidad, entregándole caricias de calor y brisas refrescantes alternativamente.

Las vistas merecían algo más que una sonrisa, y algo más inventó nuestro personaje para que nunca fallasen, para que siempre estuviesen puestas y presentes ante su maravillada mirada, cada día.

El día que llegó el hambre lo hizo con una idea que perdurará en su tiempo. El día que llegó el hambre Valentín pellizco un trozo de patata para llevárselo a la boca. Y llegaron muchos hambres más, tan iguales todos ellos como la decisión de ir arrancando los diferentes niveles de patata para poder alimentarse.  Y esos iguales se reprodujeron durante días y noches.

Sus vistas empezaron a hacerse imperceptibles. Cientos de destellos sin concierto se sumaban en mañanas desprovistas de distracción y de entretenimiento. A la luna ya no se la podía oír, únicamente y si se había observado con suficiente atención, se la podía ver organizando alguna alternativa de juego que consiguiera distraer a las estrellas, ahora abandonadas.

Valentín creció mucho más que la enorme construcción de patata, la cual disminuyó hasta topar con el polvoriento suelo que había decidido soportarla. Su hambre no había aprendido a perdonarle y ahora Valentín se encontraba en el epicentro de las consecuencias que se derivaron del uso e ingesta del preciado tubérculo.

El paisaje se cambió de traje y los colores durmieron hasta desaparecer por completo, irreconocibles en cualquier parte. Podríamos llamarle nuevo, pero el escenario que apareció ante Valentín aquél día nada tenía que ver con la maravilla natural y renovada con la que había podido disfrutar tanto.

Nunca conseguiría sentir tanta extensión de suelo bajo sus pies, como tampoco podría jugar con la Luna o con las estrellas.

Pero sus pies anduvieron y se detuvieron ante los pasos con los que iba cruzándose, intermitentemente. Con los pasos de todos. Se propuso encontrar la manera de volver a su noche y a su luna. Dos años más tarde su hambre fue como el del resto, ese día plantó patata, con la ayuda del mismo sol y de la misma lluvia. Ese día no necesitó ni vistas, ni luces, ni estrellas para jugar. Conoció muchas otras formas de tocar la Luna y hablar con ella.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s